Los placeres violentos tienen fines violentos y en su triunfo perecen, como pólvora y fuego que, al besarse, se extinguen. Hasta la miel más fina acaba siendo odiosa por su extrema delicia, y su dulce sabor termina empalagando. Un amor moderado siempre es más duradero: tan tarde llegan los raudos como los lentos.
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